LOLA IV

Oh Lola, como recuerdo el día en que te bese y en ese mismo instante mientras llegaba a sentir tus sensibles labios juntos a los míos, rozabas mis manos, con esa textura tan suave de tu piel que llevo aun prensada desde aquel instante. Pero Lola, lo que mas estremeció mi vida en ese instante, no solo fueron tus besos, fue aquel instante donde decidiste tomar mi mano, apretándola, haciéndola sentir tuya, pero no para un instante sino para la eternidad que se nos avecinaba juntos; porque en ese preciso momento te convertías en un bello atardecer de otoño, de esos que quisieras detener para que nunca se perdieran en el horizonte.

Oh Lola, me he enamorado de ti perdidamente, y nunca dejare de sentir esto por ti, porque durante todo este tiempo he aprendido a amarte con tus defectos sin ponerle filtro ni efectos, ni a tus mejillas rojas ni a tus lunares tan utópicos; porque te amo aun cuando te haces las indiferente y me provocas una leve muerte; porque quiero también que te enfermes de alegría por mi y no encuentres jamas la cura; porque he entendido que brillas con luz propia, porque he aprendido a parar el tiempo cuando estoy junto a ti, para así disfrutarte por mas tiempo, porque contigo aprendi a encontrarle sentido a las conversaciones de madrugada, de esas cuando los párpados se ponen pesados y las palabras suenan mas sinceras.

Mi hermosa Lola, quiero ser tanto para ti como tu para mi, que lo que te pase a ti me pase a mi también; decir sin decir nada y amar sin esperar nada. Pues te quiero con todos los espacios, todas las letras y con estas manos que no bastan para escribirte todo lo que me hierve la piel cuando dices que me amas, te amo Lola hasta cuando se oculta la luna y el mundo se desbarata… Pero especialmente te amo porque eres la mujer que retrato en mi mente y susurra bajito mi corazón tu nombre…*

 

 

* Joseph Kapone

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LOLA III

Con Lola empezaba a entender el sentido del porqué el amor llegaba inesperadamente para despertar aquellas mariposas que reposaban en mi estómago, y que aún no habían podido conseguir quien las alterara en momentos de alegría y exasperación.

Porque es que fue que con Lola aprendí que a mujeres como ella es mejor besarlas a La Luz del crepúsculo ya que los espectáculos como ella lucen más en público; es que de Lola me enamoré, y no sólo de su físico, sino también de su paciencia, sus celos y las veces que desee estar sola, me enamoré de sus berrinches de niña y de lo madura que se ve cuando me regaña, me enamoré de sus cicatrices, lunares, de esos pómulos rojos que se forman y que hacen juego con su hermosa sonrisa y de todas esas cosas que la hacen imperfecta, en sí, me enamoré de ella completa y eso es solo de aquellos que aman de verdad.

Hay mujeres que gustan para quererlas, otras para hacerles el amor y viajar a Venecia por unas horas entre sus piernas; hay otro tipos de mujeres que gustan para hablar de pasión o de ropa, algunas otras gustan para verlas reír, otras para abrazar y otras para grandes cosas; pero Lola, Lola me gusta para todo eso y más.

Es que es tan maravilloso ver a Lola enamorada, la verdad uno nunca se alcanza a imaginar que no hay nada más hermoso que una mujer tratando de conquistar el corazón que ya es de ella*, eso hacía Lola, era una de sus más maravillosas armas, enamorarme a cada instante, cada minuto, cada segundo. Estaba enamorado de una mujer de verdad, de esas que persiguen con la mirada como leona hambrienta y se pierden en el brillo de los ojos aún en la oscuridad, ella es única porque fue capaz de construirme un castillo aún solo teniendo lápiz y papel…
Te Amo Lola, Te Amo Infinitamente!!

* Jorge Muñoz

LOLA II

    Vivir con Lola a mi lado ha sido como tener un amor de esos que transforman mariposas en dragones, miradas en caricias, silencios en besos*; es por eso que por ella inventé el edén, fabriqué utopías y me propuse un futuro de esos donde fuera ella el resplandor de una mañana cotidiana, un diminuto beso en noches de invierno y donde fuera la esencia de la lluvia, esa que te cae mientras la besas.

    Con Lola a lo lejos, podría levantarme sintiéndome un poco otoñal, pero era con sólo una conversación o escuchar su hermosa sonrisa, o imaginarme sus labios mencionar mi nombre, para sentirme en ese momento con los bolsillos abarrotados de verano, de amor, de una sensación indescriptible que ella sólo podía producir, ocasionar, hacerme sentir…

    Con su ausencia he sido la mitad de un todo en la nada, pero aun así sigo llamándola Lola de mi corazón, porque desde que se ancló completamente ahí, no ha dejado de palpitar a velocidades infinitas, si, así sin ocasionar nada más que pálpitos de afición, de deseo, de amor puro.

    Lola y Yo somos dos historias que se empezaban a volver solo una; no necesitáremos calendario, ni gobierno, ni reglas, ni leyes, ya que seremos protagonistas de nuestras propias revoluciones, porque ella, mi hermosa Lola, revoluciona hasta las constelaciones más lejanas que uno se alcance a imaginar.

    Lola es tan única que nunca se podría encontrar en algún libro, ni en una fragancia, ni en el más atractivo paisaje que se puedan imaginar. Ella es la paciencia de Sabines al recitar sus poemas, la delicada voz de Jewel, la sonrisa fugaz de un bebe en sus primeras semanas en el seno de su madre y el espíritu rebelde de Joplin.

    De ella siempre necesitaré su incansable manera de ser, sus manos rodeando mi cuello al besarme, su sarcasmo, su sonrisa y sentir que no existe nadie más, también necesitaré sentir sus dedos entrelazados con los míos… La necesito feliz y a mi lado… 

                               CONTINUARÁ…
* A. Renko 

 

LOLA

La bella Lola había aparecido en el momento más indicado de mi vida, este era nuestro momento; el que ella tanto anheló y el que yo tanto estaba esperando encontrar. En ese inesperado momento, el cual nos agarró de sorpresa a ambos, empezábamos a ver el verdadero significado de la palabra amor, de aquella que ninguno había podido encontrar por más cerca que la tuviéramos. Es que cuando hablábamos uno del otro, hablábamos de magia, ambos éramos mitos que buscábamos dar por verídicos; era como si ella fuera el mar y yo una gota de él.

Lola apareció para recoger las hojas secas y crujientes que se desojaban de un corazón que vivía atado a los fríos de otoño. Sin saberlo, en poco tiempo intuí que su mirada, aquella preciosa mirada que ningún otro amanecer ha podido darme, me daba a entender que la aceleración cardíaca se podía sentir a diario y no morir. Con aquella hermosa mirada acompañada de sus ojos color miel los cuales hacían juego con aquel cabello ondulado que se movía al compás de su sonrisa y con los pálpitos de su corazón que alcanzaba a escuchar cada vez que me miraba detenidamente.

Con Lola he empezado a entender que las hipercromías idiopáticas del anillo orbitario salen por exceso de amor y demasiadas conversaciones nocturnas, que se puede dormir pensando en ella y al amanecer ese mismo pensamiento seguirá intacto, con ella he entendido que el amor sana y que no hay nada que ella no remedie con un beso y un abrazo, así sean a distancia.

En algún momento de nuestras vidas y con Lola aun presente en ella, decidí tomar el tren hacia un rumbo diferente, ignorando cualquier señal que me llevara de vuelta a ella; pero no fue hasta entonces cuando resolví, después de cierto tiempo, tomar el mismo tren de vuelta cuando caí en cuenta que mi curiosidad entendería que Lola había dejado tallado un último mensaje en aquel puesto donde me vio partir que decía: “ Hay una curiosidad en ti que te hará mover montañas algún día sin ningún esfuerzo como me has movido por años…*”

De esa manera, con ella he aprendido qué es leer una mujer como ella tan perfecta para mí con todos sus verbos y adjetivos, sus pronombres y sus usos; tenerla a ella es querer mostrarle cada amanecer en todas sus sílabas y el anochecer en todas sus vocales.
Con Lola estaré hasta que los arboles sigan cambiando de color en otoño y el mar siga haciendo a las olas danzar. Hasta que los gatos sigan cayéndose de pie*. Mientras que el viento siga resonando en tiempos de lluvia y brisa y las películas sigan teniendo créditos al final… Contigo Lola quiero permanecer, así como el olor de las bellas gardenias, prensado para siempre… en ti…

CONTINUARÁ…

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*Anonimo 1

*Anonimo 2

VALERIA 

Fue un 25 de Diciembre del 2015 en aquel bar-discoteca de élite tan popular de la zona rosa de Miami llamado “Liv” donde Charlie entendería que el adulterio es la aplicación de la democracia al amor* (H. L. Mencken). Había decidido adelantarse y esperar por sus amigos en el bar, así que montó su camioneta Range Rover Sport 2016 y mientras manejaba en aquel tráfico de fin de semana en “the magic city” agarró su iPhone y lo adaptó al Bluetooth de su carro y decidió llamar a Janeth < Ella era la novia de toda la vida. Estaban pasando por un momento difícil en la relación así que pensó que invitarla a salir a despejar la mente un poco ayudaría> la verdad Janeth no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer, la conversación no duró más de unos cuantos segundos, así que su lado machista salió a relucir, decidió pasar por soltero aquella noche.

Charlie llegó a aquel bar-discoteca, estacionó el carro al frente del valet parking, y mientras se bajaba del vehículo se dirigía hacia él uno de los encargados al cual le arrojó las llaves de su carro mientras le decía con voz alta “Che, cuida de mi auto, son contados con las manos los pocos que se pueden montar en tanta belleza”.

Charlie entró y se dirigió a la barra donde pidió una copa de whisky de “the damore Trinitas” en las rocas; mientras sacaba su tarjeta de crédito american express gold y se la pasaba al mozo notó que al final de la barra se encontraba una hermosa rubia de tez bronceada, con cabello dorado ondulado esplendoroso que hacia juego con su atractivo vestido negro de piedras brillantes; mientras aquella rubia mantenía sus bellas piernas cruzadas sostenía en su mano derecha una copa de vino rojo “aurumred serie oro”.

Charlie decidió llamar al mozo y decirle algo al oído, en instantes el mozo se dirigió a donde la rubia se encontraba llevando en su mano una nueva copa de aquel vino tinto fino que ella tomaba. Cuando la mujer volteó, Charlie alzó su copa de whisky mientras que en voz baja decía “salud”. La despampanante rubia alzó a su ves su copa mientras que con la mímica de sus labios decía las mismas palabras de Charlie pero añadiéndole un poco de picardía al guiñarle el ojo. De inmediato Charlie sonrió, <sabía que era una de sus armas letales hacia una mujer, no era de menos su odontólogo de cabecera era Darío Pereira y Barcelona era su destino cada 6 meses para cualquier chequeo>.

Charlie esperó terminar su whisky para pedir uno más y acercarse a cortejar a aquella mujer. Al llegar donde la dama, tomó la silla de al lado, se sentó y con una sonrisa en sus labios y una mirada maliciosa se presentó

–“Hello, I’m Charlie. Nice to meet you.“–

a lo que la dama le contestó con acento español…

–“Os pido disculpas pero no hablo inglés.“–

Charlie sintió su cara tornarse roja de la vergüenza, era de esos que en muchas ocasiones olvidaba que Miami era la “Pequeña Habana”, era más fácil encontrar a alguien de habla hispana que uno que hable inglés.
Charlie pidió disculpas por su imprudencia y decidió presentarse de nuevo…

Hola me llamo Charlie y vos

Hola me llamo Valeria, os perdonáis de nuevo por no haberte hablado inglés pero no soy de aquí, sólo estoy de paso— replicó la rubia–

tranquila, a veces se me hace difícil entender que a minas hechas ángeles como vos son difíciles de encontrar con todo lo que uno busca— contestó Charlie con una sonrisa cínica.
La rubia le respondió con una sonrisa fingida y añadió

Os que te digo tío como se nota que eres poco creativo para los piropos

A lo que replicó Charlie…

Que tal si vos olvidas aquel mal piropo, me aceptas una copa más y en el proceso te dejo saber que tan incomparable eres a cualquier otra rubia que haya visto con esa belleza tuya tan paradisiaca y quizás dejarte intuir que al mirarte se puede saber si tarde o temprano también tendría un hombre como yo el honor de amarte

La rubia no tuvo más remedio que acceder con una de esas sonrisas que retuercen el corazón. Así fue que ambos empezaron una plática de horas donde hubo risas, acuerdos y desacuerdos, flirteo acompañados de deseos y ansias de llegar hasta lo más profundo del alma, tocarla y si fuera preciso destrozarla a punta de gemidos.

Durante la conversación y después de unos cuántas copas de whisky en las rocas y vino tinto, Charlie decidió ofrecerle a la hermosa rubia terminar tan amena conversación en uno de sus penthouse en Rivo Alto Island. La rubia ya un poco con alto por ciento de licor invadiendo sus venas, decidió acceder a tan tentadora oferta.

Rumbo a aquel penthouse y aún en el carro, continuaban las carcajadas de ambos, era inminente que ambos eran casi compatibles. Ambos se dejaban llevar por el momento y lo disfrutaban a su máximo esplendor. Charlie no había sentido tanta atracción por alguna otra mujer excepto Janeth. Pero esta ocasión era diferente, esta ocasión le marcaría el corazón…

YEYE II

… Pasaron días, meses, lunas, minutos y finalmente un día cualquiera de verano le dije a Yeye que me diera un domingo que me hiciera amar los lunes*, y lo único que recibí de ella fue un silencio eterno, una ausencia a la cual nunca me había acostumbrado, un destierro que nunca me enseñó durante aquellos meses de amor que se desplegaban y viajaban junto al viento. Su silencio me había hecho fracasar como escritor, ya no había frase de amor que me hiciera agradecer el milagro de su existencia. 

    Mientras los días morían tibios y malgastados, me iba dando cuenta de su partida. Era difícil llegar a la dispensa y sólo ver comida enlatada, era difícil ir al baño y sólo ver el reflejo de un alma destrozada donde todo era gris y oscuro, era llegar a mi habitación y encontrar la mitad de la cama destendida. Me estaba dando cuenta de que ya me estaba faltando demasiado, ya tarde, ya cuando empezaba a irradiar otro hogar donde la empezaban a amar como ella lo merecía. En esos momentos fue cuando quise aferrarme más aún a uno de sus latidos, pero fue aún más triste sentir que el amor se encerraba sin previo aviso  de un brutal portazo.

    Veía su figura cruzar la puerta de nuestro cuarto sin ningún remordimiento, sin la necesidad de mirar hacia atrás y ver que dejaba a un hombre que no tanto la quería con su inmenso corazón sino también en letras, en esas de las que nadie escribe. Yeye marchó  fugazmente quedando frágil en el horizonte y era difícil entender que mientras yo aquí anhelaba confinarla en mi irresistible universo, ella empezaba a crear constelaciones con tan sólo sonreírle a otro escritor, a esos de calle, a esos que dejan diosas con frases a medias y escritos incompletos, a esos que dejan diosas llorando cuando deciden desaparecer en letras.

    Yeye decidió partir aún sin saber cuanto amor me faltaba por darle, sin saber que junté las páginas de aquel libro donde permanecía su cuerpo en letras; las miré, las identifiqué y las comparé a esa belleza fortuita que tanto amé. Y es que la amé tanto, y aún así, no vaciló en llevarse mi último suspiro colgado en una de las hebras de su hermoso cabello lacio, ése que después de aquellas noches de lujuria posaba sobre mi pecho, con el cual jugaba mientras ella dormía.

    Freya había decidido partir en el momento menos indicado, pues no estaba preparado para escribirle a otra, aún sentía su amor  empapado en letras, en si me sentía cercenado pero no de algún miembro como decir el brazo o la pierna sino de algún órgano vital; quizás el corazón o el alma. 

    Es que yo aún no alcancé a expresar lo que Yeye habría significado para mí durante esos meses que la tuve a mi lado. Me pude dar cuenta que ella era ese tipo de mujer que tenía el rostro que proclamaba el último día de otoño con su cara llena de galaxias de tersos ocasos; ella era un cielo de intensas petunias, de ésas que reposaban en la ducha cuando se avecinaba la lujuria.

    Desafortunadamente me había vuelvo un chico tóxico para Yeye, me había empezado a ausentar y ya los pálpitos de su corazón se habían enfriado, no siendo suficiente con eso le dejé un hondo vacío en su pecho izquierdo aún más profundo que el mío; y ya era obvio que mis cimientos no lograban sujetar todas aquellas inseguridades que me invadían. Era claro que el tiempo me había vuelto un chico sin antídoto, pues había olvidado curarle cuanta herida se apoderaba de ella, había olvidado como secarle las lágrimas en momentos de zozobra y desamor. La verdad, tristemente me volví ese tipo de chico, un poco desalentador, el que traía las malas noticias, ése mismo, el que lleva las flores al hospital y da las palmadas en la espalda ante los resultados finales.

    Para Freya dejé de ser aquel recuerdo que le iluminaba los días de total penumbra, dejé de ser su primavera inolvidable, el capítulo favorito de su libro, la música de fondo con su canción favorita (adiós dulcinea). Para ella dejé de existir, había decidido marchar y lo hizo con carácter; no la juzgo, sé que para ella no fue fácil pasar viendo días grises hasta que la niña de mis ojos se dignara a colorearlas. 

    Yeye no me dio el tiempo suficiente para demostrarle que era ella quien me hacía flaquear las piernas, que con ella había entendido que las taquicardias se podían sentir a diario y no morir, que las ojeras surgían de superabundancia de amor y demasiadas conversaciones nocturnas; no me dio tiempo para explicarle que la luna siempre sería bonita pero que si se veía enamorado se vería mucho mejor, y es que definitivamente no me dejó decirle que había comprendido que a veces las mejores memorias se escriben por separado y que los desenlaces felices existen aún cuando ella y yo no estuviéramos juntos.

    Siempre quise ser esa fábula que Freya diera por verídica; y es que Yeye nunca pudo ver que ella era el mar y yo me sentía una pizca de él. Nunca supo ver que le pertenecía, me lanzó así de la nada a la arena sin ningún remordimiento, dejando que el sol me consumiera, dejándome llorando lágrimas en las paredes de mi alma. 

    Yeye me estaba volviendo a llevar a la oscuridad con su ausencia, y no quería, maldita sea! No quería. Estaba jodido, roto y triste; Yeye me había dejado con el corazón lleno de fisuras por las cuales cualquiera se podía volar y escabullir, y eso no se lo podía agradecer; es que es difícil aún entender que hay cosas que es mejor dejarlas en un quizás. 

    Estaba empezando a entender a punta de lágrimas y pesares que decir adiós era encender la luz de otra habitación. Y así fue, ya no tenía otro remedio que empezar cada mañana a empapar su recuerdo en mis tazas de café, en mis textos a medio leer y en mis cigarros sin contar. Empecé a ahogar su figura, sus recuerdos, añadiéndole una pizca de desamor de este corazón que aún latía por ella en noches y madrugadas de invierno y primavera; las ahogué bebiéndome diez tequilas para recordar cómo latían sus silencios mientras la lenta brisa de verano rozaba mi cara.

    Recordaba cómo me gustaba caminar con ella cuando el destino nos unía, cuando el ego se ausentaba y nos quedábamos juntos, desnudos y libres, y ahora, sí ahora, no tenía a nadie a quién contarle mis historias, pues ya se habían ahogado en letras intentando recordar memorias, aquellas donde le escribía versos imposibles a la mujer invisible, en la que se había convertido, y es que era en escribirle aquellas estrofas donde se me iba la vida; ella me abrazaba y era cruel despertar sin ella**.

    Partió con todo mi ser, dejando hojas por escribir, lapiceros a media tinta y con el mayor de todos mis miedos… 
                                       

* Benjamín Griss

** Joseph Kapone

MUJER… NUNCA TE ILUSIONES DE MÍ.

Mujer nunca te ilusiones de mí, soy un escritor de esos que describirá en detalle al público cada una de tus partes sin pasar por alto ni el más pequeño lunar que puedas tener en algún lado de la ingle.

Mujer no te ilusiones de mí, pues soy de esos muchos escritores que mantienen una felicidad desordenada, hoy quizás te haga sentir mi musa en una o dos frases y quizás mañana no lo seas ya que tiendo a ahogarme en letras.

Mujer nunca te ilusiones de mí, soy de esos que te pedirá que estalles cuando estés enojada y llores cuando estés herida sólo para imaginarme una historia más que plasmar en mi blog.

Nunca te ilusiones de un hombre como yo, porque una vez lo hagas haré que tu piel se convierta en páginas en las que aprenderás a diseminar tu ser y cuando eso ocurra querré hacerlo parte de aquel libro rojo donde tengo a más de una musa enterrada en versos y frases poéticas.

Mujer nunca te ilusiones de un escritor como yo, soy uno de esos curiosos escritores que no dejará un suspiro sin explicación. Soy de esos que querrá saber que fue lo que escribí o hice exactamente para que me llegaras a amar, querré saber fechas, horas, las palabras exactas de que se dijo en ese momento, que sentías en aquel instante y qué invadía tu mente exactamente.

No te ilusiones de un escritor como yo, soy de aquellos que también te desabotonará la blusa y leerá cada lunar, cada cicatriz, cada marca, cada bello. Indagaré cada una de tus extremidades, cada órgano, cada pensamiento, cada movimiento y una vez lo haga caminaré de regreso a ese antiguo lugar donde tiendo a escribirle a cada musa y quizás ya no seas tú; y quizás tampoco jamas te vuelva a leer mis escritos.

Si te ilusionas de un escritor como yo, dejaras de ser mi peregrinación para toda la vida y tu corazón será para mí un misterio que dejaré de tener en cuenta mientras mas pasen los días.

Pero si en un caso ya no pudieras mas y te ilusionaras de mí mujer, de ése que deja de escribir por meses o semanas, el que sale por un momento de esa fantasía que lo envuelve cuando escribe; entonces te prepararía el desayuno y te susurraría al oído un muy “buenos días” sea por 28 o 29 días de seguido de un mes de febrero. Pero si el caso fuera que te llegaras a enamorar de mí, entonces le encontrarías sentido a despojar cada pétalo de las Margaritas adivinando todos los “Me Quiere” posibles y te haría creer incluso cuando te dijera que el crepúsculo es ocaso; y aún mejor, permitirías que me case con la lujuria que rebosan tus pétalos en mis hombros como si fuesen hojas que se desprenden de las estaciones.

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YEYE

Era una noche primaveral de brisa fría de aquel mes de abril en el café bar donde la encontré, no pude evitar presentarme y con mi cuaderno en la mano tomé asiento y le empecé a recitar ese poema en el cual ella tanto encajaba (UNA NOVIA ASÍ). Mientras se lo recitaba se intercambiaron sonrisas y se dilataron pupilas. Donde el café que reposaba sobre su mesa empezaba a tener una textura un poco natosa; era señal que aquella hermosa mujer comenzaba a perderse en esas letras que le había empezado a declamar con tanto fervor.

<<Recuerdo que aquel café le llamaban Café 1982, situado en la esquina central en Galicia. Muy conocido por sus pocos habitantes que se destacaban por su formalidad deliberada>>.

Mientras yo intentaba invadir su mundo deshabitado de escritos y poemas románticos, olvidé por un momento preguntarle qué nombre le hubieran podido dar al nacer; así que terminé de llenarla poco a poco con una de mis frases favoritas.

                                          “Al verte mis párpados vibraban como los acordes  
                                                                de un profundo saxofón”.

Al finalizar aquella frase y seguir perdido en su hermosa risa le pregunté:

                              “Ahora dime, qué nombre pudo haber heredado una mujer

                                                  con tanta falta de poesía para recitarle

                                                        y tanto amor desplegándose por

                                                             aquella hermosa cabellera”.

A lo que ella contestó con una sonrisa incómoda y un brillo difícil de descifrar en aquellos ojos color otoñal.

                                         “Me llamo Freya, pero de cariño me dicen Yeye”.

<<Freya, pensé; había encontrado una diosa perdida. Quién sabe que dios nórdico se habría descuidado y la ha dejado escapar de su reino>>.

Hubo un minuto de silencio, en si me perdí en su hermosa mirada, ésa, una de sus tantas cualidades que me enamoró al instante, la que me hizo cerrar los ojos y entregarme al ritmo de su corazón a ese embriagante latido que me impulsaba a hacerla mía sin objeciones.

Mientras mi mente se llenaba de miles de preguntas y la imaginación ya la hacia pasar por esposa, escuche su liviana voz preguntar…

                                                             “Y a ti escritor, como te llaman”.

A lo que contesté…

                                  “Para una diosa perdida como tú, Ernesto, para las demás

                                             que aún no saben de mí Ernesto De La Espriella,

                                                   dios nórdico fiel aliado de la diosa más

                                                           hermosa de la época, Freya”.

 

Sonrió mientras sus mejillas se tornaban rojo cereza, era inminente que ella percibía que quizás sería yo quien le traería verano a su sonrisa; quien quizás le prometería felicidad a base de besos; quien la llevaría de la mano sin facturar, sin que la dejara de querer. Volando.*

<<Yeye era una hermosa diosa de unos 160 centímetros de altura, piel de tez singular, de esas que con sólo besarla con los labios partidos por falta de bálsamo se tornaba roja. Como toda diosa única, de una personalidad de aquellas que te hacían llenarte de ella en noches de invierno y tardes de otoño>>.

Esas horas de tanto despliegue de risas, poemas y palabras bonitas se convirtieron en segundos. Había llegado el momento de marchar de ambos. Cada quien tomaría diferentes rumbos no indefinidos ya que esto era sólo el principio de una historia de amor que quizás a ambos los mantendría unidos de la mano sintiendo mutuamente el latido de sus corazones.

La comunicación entre ambos continuó día tras día; horas tras horas. Era una atracción que crecía como aquellas olas de un feroz mar en tiempos de huracanes. Freya era de esas damas que eran pócima y antídoto a la vez, al que deseaba aliviar aliviaba y al que deseaba matar mataba. Por suerte a mí sólo me mató de amor, pues con ella supe entender que el amor había llegado a mi vida y no tocando la puerta o colándose por la ventana como dicen que acostumbra a hacerlo; el amor llegó a mi vida demoliendo la casa, derrumbando paredes, arrancando el piso, estremeciéndome el alma.

En una de esas tantas charlas decidí tomar la iniciativa de dejarle saber que suspirar había dejado de ser algo simple; que uno tiene que hallar a la persona indicada para dedicarle esos espasmos del tórax, y que finalmente a aquella hermosa mujer la había encontrado.

                                     “¡Oh”!- Exclamó. “Muero por saber quién invade esa

                                                          mente que es capaz de desnudar

                                                               el alma de cualquier dama”.

Recurrí a las tácticas del abuelo. La época no lo ameritaba, pero Freya y yo nos habíamos empezado a entender tan bien que nada perdería al intentarlo. Lo primero que hice fue buscarme un músico de aquella época, pensé en la combinación de ambos siglos para este gran paso.

Entonces sería una cena romántica donde los métodos de conquista del abuelo cumplirían un gran rol; un “picnic” estilo años sesenta, un mantel de cuadros lo suficientemente grande para cubrir el anhelo del primer beso, unos sándwiches al mejor estilo de Ernesto, un parque con cielo despejado donde sólo nos acompañaría el azul del cielo y nubes con una diversidad de figuras que nuestra imaginación no tardaría en poner en práctica una vez la conversación se intensificara, y finalmente el músico, había pensado en un bandoneista; el abuelo siempre mencionaba a Gardel como el cantante de la época, decía que su música era la llave al corazón de cualquier mujer enamorada.

Así que todo estaba listo, músico, una comida de la época y mi pulso a más de 90 palpitaciones por segundo. <<Sí, se podría decir que estuve a punto de tener un infarto de amor>>.

Decidí utilizar los servicios de don Baltasar para desplazar a Freya a nuestro encuentro, pues era uno de los taxistas más conocidos en el pueblo por su cordialidad y honestidad. Don Baltasar me había hecho unas cuantas carreras a mi casa en varias ocasiones y la verdad sus consejos y manera de ver la vida eran de admirar. Don Baltasar era un señor de unos 55 años de edad más o menos, casado con 3 preciosas hijas, ellas eran de esas mujeres con una belleza idílica difícil de pasar desapercibida.

Finalmente don Baltasar recogió en su antiguo taxi, un Renault 6 del `85 de rines de plástico, a la mujer que había llegado a mi vida de improviso, cambiándome de rumbo, sacándome de órbita. De aquel antiguo vehículo bajó Yeye, <<me acuerdo tanto que ese día como ningún otro le hacía honra a su belleza, aquel vestido blanco hacia juego con su figura de diosa; era la pureza de su alma y el vestido junto a su sonrisa lo que lo llevaba a uno a pensar que esa mujer es la luz más hermosa que puede llegar a sumergir el corazón de cualquier hombre>>. Con un gesto de asombro que cubría su hermoso rostro y con una seguridad de que lo que se avecinaba era algo que ella esperó por un largo tiempo; se dirigió a mí y dijo:

                                         “Contigo no se terminan las sorpresas, siempre tienes

                                                      algo bueno que mostrarle a una mujer”.

                                          

                                           “Y eso que penas me conoces, aún no has empezado

                                                       a arar ilusiones de un todo en este corazón

                                                             que te ve reflejada en cada palpito,

                                                                    en cada una de mis letras”.Contesté

Me sonrió mientras delicadamente sobrepasaba su brazo por el mío, así como cuando tienes ese honor de bajar a una diosa de su carroza y llevarla a su trono; sintiendo el leve roce de esa sensible tez de su piel. Mientras hablábamos con las miradas, sentimos como el polvo del carro de don Baltasar salpicaba nuestras caras; era obvio que los gajes de ser el taxista más solicitado en el pueblo necesitaban de su atención.

Mientras nos dirigíamos a sentarnos sobre aquel mantel de cuadros rojos y blancos pensaba qué tan lejos estaba de que descubriéramos el mundo juntos para que así el cielo viviera con nosotros. Era difícil ocultar que con tan sólo al rozarla todo mi ser ya le pertenecía, era una combinación de deseos inexplicables, era amor, cariño, deseo, quería pertenecerle en todo sentido; quería que aquella mujer desarreglara mi vida como ella lo apeteciera.

Hablamos por horas, intercambiamos suspiros, miradas, la mantuve en las nubes con mi presencia. Mientras que al fondo se escuchaba Anclao en París, aproveché para recitarle mis mejores frases y hablarle de como nosotros los escritores corremos usualmente el riesgo de ser asesinados por los sentimientos**, elaboramos figuras con aquellas nubes de primavera hasta que ella preguntó…

                                              “Ahora dime Ernesto, a que se debe tan bonito detalle

                                                       a una mujer como muchas otras con quien

                                                                           quizás hayas estado”.

<<Freya siempre pensó que era una chica normal, nunca entendí como ella no podía ver lo que yo veía en ella; cada vez que nos encontrábamos la reparaba una y mil veces como si el mundo fuese a acabarse mañana y su sonrisa fuese lo único que pudiese mantenerme vivo, era una magia única que cualquiera en su sano juicio no hubiera podido evitar haberse vuelto loco por ella, era fácil de entender que Yeye era de esas mujeres que había que comprarle la luna, pues no era de perfumes caros>>.

Sonreí por un momento y decidí entregarme en bandeja de plata.

                                    “Mujer, desde hace tiempo he querido que ambos dejemos los

                                          suspiros sin nombre y las sonrisas sin labios. Dime que

                                            sientes lo mismo y te pintaré con colores vivos y con

                                               dos o tres pinceladas y todo esto se transformará

                                                      en un hermoso lienzo utópico de sueños

                                                                          constantes contigo.”

Sonrío sin saber qué decir, sus pupilas cubrían toda su córnea y los pálpitos de su corazón se escuchaban en eco; su mirada y su sonrisa lo decían todo, aquella diosa moría porque este escritor sin musa la palpara completamente en letras sin dejar ningún espacio tanto de su corazón como de su cuerpo entero. Agarré su mano; mientras acercaba lentamente mis labios entre su mejilla y el oído le susurré…

                              “Ven mujer, dame la mano y vamos a darle la vuelta al mundo

                                                             para así salir ilesos del amor.”

La miré a los ojos, puse mi mano sobre su mejilla con algunos de mis dedos cubriendo parte del oído y el cuello, la empuje hacia mí y besé aquellos labios carmesí, así sin más palabras que decir, sin pedir permiso, así para que haya crimen que rastrear y condena por pagar. Paró, tomó un suspiro y se lanzó de nuevo esta vez aplastando sus dulces labios con los míos, ahogándolos en algo más que un beso; en una serie de ellos tan largos que parecían uno solo.

Se nos empezaba a agotar las horas, el sol se empezaba a ocultar y la luna se preparaba para traer consigo la noche y las estrellas. Terminaba el día y aún nuestros labios reposaban el uno con el otro, era inminente que nuestro amor empezaba a redactarse entre el cielo y las estrellas con tinta invisible.

Amaneció y aún podía sentir sus labios. Aún no me explicaba cómo había podido enamorarme tanto de Yeye. ¿Estoy enamorado de verdad?- Me preguntaba- Yo sabia que no era enamoramiento, era amor. Uno se enamora de cualquier mujer, a cualquier hora, en un encuentro fortuito, en una cita premeditada. Yo me enamoro a cada paso, de unos ojos, de una palabra, de un gesto oportuno, de una sugerencia, y no obstante sólo quiero a Freya. En las demás es pura función estética; en Yeye es dación, entrega indefectible, transferencia.***

Pasaron los días y el amor se intensificaba, tanto que en una semana acumulé todas las palabras de amor que se han declamado sobre la tierra, sólo para ella. En ese momento me atrevía a decir que nuestro amor empezaba a ser más sólido que el amor de aquellos que nos rebasaba en edad y saber.

Mientras nuestras almas se consumían con las ansias de tenernos a diario y compartir juntos hasta que las horas del reloj pararan, no pude evitar en seguir llenando su vida de colores vivos con pétalos de rosas, flores exóticas y girasoles. Había escuchado que embriagarla con pétalos era una manera de que se fundieran sus sueños con los míos cuando la distancia nos invadiera. No tardó en expresar su emoción al recibir aquellas flores. Yeye tenía una manera muy peculiar de emocionarse cuando la sorprendía con cada detalle; era de esas chicas que corría hacia uno colgando sus piernas sobre la cintura, mientras sus brazos posaban en mi cuello y sus labios se empapaban con los míos; entre tanto yo posaba mis manos sobre sus glúteos. Amaba ese tipo de emociones de Freya, eran cosas que me enamoraban más a diario.

Esto que sentía por Freya ya no era sólo amor, era una combinación de amor y locura, entre más tiempo pasábamos, entre más los días y los meses transcurrían empezaba a darme cuenta que tenía que decirle a Freya que la había empezado a amar desde aquel momento en el café, que ya la amaba sin conocerla, que la amaba sin promesas, sin razón. La estaba empezando a amar sin limitaciones, con cada gota de sangre en mis venas, amándola con la firmeza de un ejército de tres mil latidos y doscientos litros de sangre que deseando darle más de lo que tiene le da todo lo que es.

Mientras buscaba el momento para decirle a Freya que la amaba ocurrió lo inesperado. Recuerdo que una noche de un mes de verano habíamos quedado de encontrarnos para celebrar los cumpleaños de su hermana mayor Mariana. Mientras ella preparaba todo para aquella fiesta sorpresa, yo me alistaba; <<siempre me gustaba lucir bien para ella>>. Decidí llegar un poco tarde, me recibió con una cara de asombro y dijo…

                                                       “Pensé que ya no querías venir amor mío”.

 

                                        “Cómo iba a querer no venir a compartir contigo si con tan

                                                            sólo verte me da por inventar edenes

                                                                             y fabricar utopías”.Repliqué

Me besó, esa era una de las tantas recompensas que amaba de Freya. Bailamos, reímos, nos hidratamos con besos y licor sin sobrepasar los límites ni perder la cordura. Finalmente tomamos un descanso, tomé su mano arrastrándola a ella por completo al asiento más cercano. Por un momento sentí un fuerte jalón de brazo, voltee a mirar y era Freya dándome una mirada de aquellas como diciendo “quiero un espacio a solas contigo” pude darme cuenta que las pocas clases de psicología que había tomado y hablaban de eso del lenguaje corporal y facial me habían ayudado a entender la inquietud de Freya.

Alcancé a pedir un permiso al retirarme, mientras ella me empujaba de la mano. Me llevó al sitio más calmado de la casa donde el estridente sonido de la música ya se sentía como una de esas grandes sinfonías de Beethoven donde el sosiego y el raciocinio nos invadían; no me dejó hablar, cuando de sus brillosos labios salieron tres palabras, un complemento directo, una consonante y un pronombre invariable que decían:

                                                                    “Te amo y tienes que saberlo”.

Quedé atónito, no podía creer que Freya y yo estuviéramos tan conectados. Quedé tan sorprendido que Yeye pudo notar como las niñas de mis ojos despejaba la incógnita del asombro. Hubo un silencio fortuito, mi mente quiso amarla por completo esa noche. No sé si ella pensaba lo mismo, pero si parecía que quería una respuesta recíproca y la quería en el instante. Freya aún no sabía que me había ahorrado un buen tiempo para poder encontrar el momento exacto para decírselo en frases poéticas. Finalmente reaccioné y le dije… Yo también te amo Yeye, te amo a murmullos bajos, de secretos al oído, te amo de palpitaciones fuertes y suspiros profundos, te amo de crepúsculos rojos y madrugadas cálidas; mujer, te amo cuando no lo digo y torpemente creo que lo sabes. Un beso sellaba por completo este amor que brotaba por cada poro de nuestra piel.

Pasaron meses y durante ese tiempo vivimos en aquel edén que me inventaba cada vez que estábamos juntos. En uno de esos momentos donde a veces la lujuria llega y se une con la atracción y el frenesí; mientras nos besábamos con unas ganas infinitas de desgarrarnos las entrañas, pude notar que nuestras hormonas iban al compás de nuestra fuerte respiración, eran dos constelaciones a punto de colapsar. Con la voz casi desquebrajandose de las ansías de poseernos en cuerpo y alma, dijo…

                                                                          “¿Y si me llueves?”.

A lo que contesté mientras desabrochaba el primer botón de su pantalón…

                                            “Si te lluevo, me empaparé de ti y haré que ese desierto

                                                                     exhale en polvo tus suspiros”.

Hicimos erupción. Nuestros cuerpos empezaron a perderse entre las sábanas blancas de aquella cama matrimonial mientras era desde su hondonada cintura en donde mis manos se deslizaban por valles y colinas posando sobre aquel inerme tesoro, ese cuerpo lleno de seudónimos y denominaciones donde se empezaban a plasmar los caprichos de este corazón enamorado. La hice mía completamente, sin prejuicios, entregando mi corazón, mi alma y la dicha de hacerle el amor a la mujer que tanto amaba.

Tocaba su cuerpo hasta saciarme completamente de él, no quería dejar de tocar ni siquiera la última hebra de su cabellera. Es que tocar aquel cuerpo despojado de su indumentaria era ver llegar el sol de otoño y escuchar el viento sobre el mar. Nos leímos en braille y qué se podía decir, era evidente que su piel se había convertido en páginas en las que varias ocasiones derramé todo mi ser. Freya aún no se alcanzaba a imaginar que constantemente anhelé fecundar su vientre, no de sólo hijos, sino también de poesía, vino tinto, relojes cesantes y unicornios azules.

No encontraba más palabras para definir a Freya, se había convertido en todo mi ser; se convirtió en mis mañanas de café bien caliente, en el reloj que nunca dejé de mirar, se había convertido en mis cinco de la tarde cuando terminaba mis responsabilidades para salir corriendo a su lado, en los buenos días y en las buenas noches de frío y calor, se convirtió en mi oxigeno, en mi medicina diaria , ésa que mermaba los latidos del corazón para evitar un paro cardíaco.

Y es que cuando se trataba de Yeye y de escribirle, era sentir el arte, era vibrar en cada coma, era llorar en cada punto… Cuando se trataba de escribirle, era volver a amarla.****

 

                                        “ME ENAMORÉ HASTA DE LAS LETRAS DE SU NOMBRE,

                                                         DE SUS DEFECTOS, DE SU TERNURA

                                                                 DISFRAZADA DE FRIALDAD.

                                                                           ESO ME ATRAPÓ,

                                                                          ME ENLOQUECIÓ,

                                                                    ESA FUE MI PERDICIÓN”

                                                               – Isaac Navarrete-

 

CONTINUARÁ…

*Anónimo

**Acción poética

***Jaime Sabines

****Daniela Trejo

AGRADECIMIENTOS.

Bellas Damas y Caballeros!

Quiero ante todo darle las gracias a USTEDES por su paciencia, por aún seguir aquí.  Fue un poco difícil ausentarme por tanto tiempo y perderme de algunos de sus escritos, espero pronto desatrasarme del todo.

Este reto de la corta novela que había tenido desde hace rato tiempo escribir ha llegado casi a su final. Fue un poco arduo ya que había que recordar momentos, lugares, expresiones, etc. Pero bueno se cumplió la meta y lógicamente espero que les agrade y los cautive. 

Tambien quiero agradecer a la protagonista de la novela (yeye) por haberme dejado hurgarla en letras. Sin ella esta novela no hubiera sido posible, por haberme hecho vivir los mejores momentos en tierra ajena y por entender que nosotros “los escritores tendemos a volver a los viejos amores que alguna vez nos hicieron amar la vida”.

        Gracias de nuevo un abrazo!! 

P.S.- Estén pendientes en unos minutos estaré publicando la novela. 

UNA CORTA AUSENCIA.

Bellas Damas y Caballeros! 

Usualmente no hago anuncios que no sean de agradecimientos en fechas especiales. Aunque hoy haré la excepción ya que cada día que pasa esta familia crece poco a poco y las grandes familias hay que darles a conocer los acontecimientos y retos que se pone uno en la vida. 

Empiezo por decirles que desde hace ya un tiempo atrás he querido escribir una corta novela de amor donde se mezcla la pasión y la nostalgia. Tengo en mente un escrito largo, pues como ustedes han sido testigos mis escritos no lo son del todo. 

Por eso hoy Bellas Damas y Caballeros les comento que he empezado este proyecto el cual me llevará a estar un poco ausente en mis letras. Trataré en lo más posible de leer sus grandes escritos que a diario me embelesan.

Espero tener el honor de que sean ustedes los primeros en leer esa corta novela que acaba de comenzar…

                  

                   Besos y Abrazos